Lázaro: una protesta silente en contra de la opulencia, la maldad y la injusticia de una sociedad excluyente

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redaccion marzo 3, 2023
Actualizado 2023/03/03 at 5:21 PM
EL AUTOR es investigador y asesor empresarial.

Por: César Aybar

El nivel de sufrimiento del pobre Lázaro es inimaginable. La dramática y conmovedora historia se narra en el Evangelio de Lucas, capítulo 16, versos del 19 al 31 (Biblia de Jerusalén, 2007, Lucas 19:31) y pese a los años de este suceso, todavía mueve a reflexión a la humanidad.

Según relata el Evangelio, Lázaro vivía en las siguientes condiciones: con una enfermedad despreciable (toda enfermedad de la piel en aquel tiempo era despreciable y temible), pobre, ignorado, marginado, a tal nivel, que “hasta los perros venían y lamian sus llagas.”

También estaba solo, y no tenía ni siquiera alimentos para comer. La historia indica que Lázaro no se quejaba, no maldecía ni culpaba a nadie, reflejaba bondad y resignación, pedía con humildad para comer, es lo que podía hacer.

Al reflexionar sobre ese personaje en la parábola, debemos preguntaros ¿Reflejamos el mismo nivel de dignidad, entereza, bondad, resignación y fe de Lázaro ante los problemas y dificultades, así como las desgracias que nos afectan?

Mucha gente se pregunta el porqué del sufrimiento y las marcadas desigualdades sociales que, a menudo, lo provocan.  La raíz de muchos de esos problemas está en ese deseo incontrolable y adictivo que llega a dominar al ser humano y que le empuja a querer tener bienes, riquezas y otras cosas sin límites.

Al margen de que esta sociedad enseña y estimula a querer acumular sin sentido, crea un desequilibrio abismal que termina en los extremos que conocemos: por un lado, pobreza en su más alto y crudo nivel, y por otro, exagerada riqueza en manos de unos pocos.

Ajustándonos al análisis de la historia rememorada por Lucas sobre el pobre Lázaro, podemos inferir una respuesta teológica al problema, una respuesta que sublima la concepción y la visión humana sobre el sufrimiento:

“El sufrimiento no es un castigo otorgado por Dios por incumplir sus mandamientos. El sufrimiento, en este caso, viene a cumplir una función de salvación, además de santificación para quien lo sufre; por tanto, hay una razón especial, existencial y trascendente para el mismo.

Después de haber agotado una vida llena de sufrimientos, Lázaro murió y fue recibido por el Padre de la fe en el Paraíso, donde le tenían preparado un banquete, pues había cumplido bien su misión en la tierra, que no era necesariamente sufrir, sufrir era la herramienta para poder cumplir su misión.

Y su misión era llamar a la misericordia de aquellos que les fueron dados otros dones, también para cumplir una misión para el Reino, pero se habían desviado, se habían creído merecedores de esos dones y habían endurecido su corazón.

A pesar de los terribles sufrimientos y humillaciones que sufrió Lázaro mientras vivía en la tierra, debemos preferir ser Lázaro, pues Lázaro estaba allí postrado para hacer remover la conciencia de la gente en el sentido de que ningún ser humano merece vivir así.

Viéndose así, Lázaro se erige como un faro de luz que ilumina a los “duros de corazón” y a los que no tienen misericordia, para que transformen sus corazones cargados de indiferencia, en corazones misericordiosos y se animen a dar el primer paso en la construcción de un mundo más justo.

También es sal de la tierra, porque estando allí, tirado, a un lado del portón de la mansión de un rico, sin maldecir y sin injuriar a nadie, se constituye en una protesta silente en contra de la opulencia, la maldad y la injusticia de una sociedad excluyente.

Sin ejercer violencia alguna en contra de nadie, invita a los que tienen todo a compartir y construir una sociedad más justa, más equilibrada, más conservacionista, más misericordiosa y más llena de amor, por el bien de todos y de ellos mismos.

De esa manera Lázaro convoca a la conversión, nos llama a transformar nuestros corazones de piedra en corazones de carne, corazones capaces de movernos a actuar con amor, con el amor que Cristo nos ha amado. Nos convida a ser misericordiosos, como el Padre es misericordioso y así encontrar el camino de salvación.

No cabe dudas de que vivimos otro tiempo y que hoy día el desprecio por los pobres y además enfermos, no se debe a que la gente piense que es por sus pecados que viven esa condición. Nadie piensa que su pobreza y enfermedad es por un castigo del Señor.

El desprecio a las personas hoy en día también se produce por la dureza del corazón de los seres humanos de hoy, la misma dureza de corazón del rico en la parábola. Sin embargo, la dureza de corazón del rico de la parábola era provocada porque él entendía que era merecedor de la riqueza que poseía.

Lázaro, según la lógica del rico, era merecedor de su desgracia, debido a sus pecados o al pecado de sus antepasados. El rico se había apropiado de los dones que Dios le había otorgado para utilizarlos en la construcción de su reino.

La dureza del corazón del ser humano de hoy se debe a que muchos no reconocen la existencia de Dios, más bien la niegan, por lo tanto, viven una vida que solo la puede llenar su propio ego y los bienes materiales que ellos creen que les dan seguridad y poder.

Mientras que otros que sí reconocen la existencia de Dios, incluso dicen haber aceptado a Cristo como su Señor y Salvador, no honran con sus hechos lo que dicen ser, o lo que dicen creer, sino que anulan sus palabras con su proceder, haciendo más daño que bien.

En ellos la Palabra ha sido como las semillas que cayeron entre abrojos, crecieron los abrojos y se ahogaron en abrojos (Biblia de Jerusalén, 2007, Mateo 13:7), o aquellos cristianos que están llenos de buenas intenciones, pero no pasan de ellas, sus corazones están endurecidos, están vacíos de misericordia.

Lázaro nos llama a todos a hacer un alto en el camino en esta cuaresma y siempre. Nos invita a acompañar a Jesús a Jerusalén, allí será la gran fiesta, la Pascua definitiva, la real liberación del pecado; retomando un proceso de trasformación hacia la perfección real y definitiva.

Nos convoca a encontrar el verdadero sentido a la vida, a llenarnos de valentía y reconocer que necesitamos de Jesús, de su amor, a pedir perdón y a perdonar. A caminar con valentía junto al Señor para probar el inigualable sabor de la libertad y de la resurrección, una vez vencida la muerte.

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